jueves, 16 de diciembre de 2021

Erasmo de Rotterdam... Un hombre contra el fanatismo.

La vida de Erasmo de Rotterdam es la lucha de la luz contra la sombra, la de un hombre solo contra la exacerbación, la de alguien  que enfrentó a todos los poderes por mantener su libertad, la libertad de ideas para todos, pero esto iba en contra del señoreaje, de las autocracias de la época y por eso lo criticaron, por eso lo persiguieron, por eso su tragedia y su enfrentamiento contra los intransigentes de su tiempo, contra los extremistas que buscaban anularlo, hacerlo callar.

Tiempo atrás solo Cicerón tuvo el coraje de enfrentar la tiranía, el despotismo que se cernía sobre Roma luego del asesinato de Julio Cesar hablando de conmiseración, rogando en sus discursos por la sensibilidad entre los hombres, porque en esos siglos crueles no existía el sentido de la piedad, faltaba la conciencia para la compasión y sentimientos para la misericordia, por eso esa bondad de corazón, esa generosidad de alma le costó la vida a Cicerón, asesinado por un un centurión, un asesino pagado por aquellos mismos a los que un día defendió.
Pero sigamos con Erasmo, con su modo de vivir que fue buscar el entendimiento civilizado, sin odios al contrario, sin sangres derramadas.
Nació en la penuria y a fuerzas de estudios alcanzó la cima más alta de la cultura de su siglo, fue sacerdote, pero su libertad le impidió siempre ponerse un uniforme, encerrase en las paredes de una iglesia, y se las arregló para escapar, para no estar amarrado al altar ni a la sotana.

Y si preguntan por qué se hizo sacerdote si el mismo detestaba el encierro, la respuesta es sencilla, porque era la única forma de estudiar para un pobre en esos momentos, para alguien que no tenía otro camino por falta de recursos.
No obstante aceptaba a Dios, lo amaba sin llegar a los extremos, por eso pedía el respeto para todas las formas de creer, por la reconciliación entre los seres por encima de la guerra, por la paz y el amor contra la espada, como antes también lo pidiera San Francisco.
Su mundo fueron los libros, dejaba de comer por comprar un libro, por caminar entre los párrafos, por aprender siempre un poco más como hizo hasta el último día de su vida.
Era un hombre cosmopolita, un hombre cuya tierra era el orbe entero y donde todos cabían, donde todos podían discernir, enfrentarse por medio de la palabra, con la sola arma del reconocimiento mutuo y de la comprensión.
Luchó contra muchas fuerzas, tantas que lo agobiaban, que le hicieron en muchas ocasiones ocultarse, la iglesia le reclamaba hablar en contra de Lutero cosa que nunca hizo, y Lutero desde sus tierras alemanas le exigía criticara a la iglesia lo cual tampoco hizo.
No era un hombre en medio de la cerca, era un hombre que reclamaba entendimiento entre los contrarios religiosos, porque al fin todos creían, solo era cuestión de formas, de hablar, de que se entendieran poniendo a Dios por encima de las discordias.
Escribir fue su pasión en medio de una época de guerras, de inquisiciones que atormentaban, que quemaban a los libros y a las personas.
Erasmo sin dudas se adelantó a su siglo, y hoy se le vuelve a mirar como una figura que en el caos, en la noche de la barbarie clamó por amor  dejando un legado, y no importa se le olvide después, que se ignore su ruta, cumplió con ser él, solo él que era su sueño y el sagrado motivo de su vida.

 

Hombre de letras nunca atado a nada

fue Erasmo en su actitud y en sus acciones

por una voluntad determinada

a defender sus puras convicciones.

 

No se arrimó a un consenso ni a una secta

la soledad buscaba en su mesura

era en su persuasión la idea recta

de un afán por la paz y la cultura.

 

Visión de todo un siglo, el humanista

que anhelaba en el orbe concordancia

el eje de un fervor, el exorcista

que luchó contra el mal y la ignorancia.

 

Amó la libertad en sus mil modos

sin distinción de razas ni de credos

para borrar con prisa esos recodos

oscuros de la fobia y de los miedos.

 

Como Jesús, o Sócrates el verbo

mantuvo como un arma en su manera

bien exacta y alejada del acerbo

que todo lo contagia y lo lacera.

 

Jamás abrió la puerta a una doctrina

gozaba al respetar los pensamientos

su instinto era la rosa y no la espina

las letras sus mejores argumentos.

 

Tuvo enemigos por obviar las rutas

ajenas a su empeño tesonero

y así por no entregarse entró en disputas

con la ley, con la iglesia y con Lutero.

 

Pensaba por sí solo, por el mismo

en un ritual interno y definido

en escape total del despotismo

de un jefe, de algún dogma o de un partido.

 

Y le costó bien caro porque el mundo

persigue al que no sigue la rutina

al que busca crecer, al que es fecundo

y sabe no mezclarse en la neblina.

 

Y así ya fatigado en la discordia

humana que esquivaba la conciencia

murió sin divisar misericordia

murió sin ver cumplida la sentencia.


Aquella de la paz, de la armonía

que fue la intensidad de sus fragores

aquella de la eterna poesía

que borra de los hombres los rencores.


Ernesto Cárdenas.

 

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