La vida de Erasmo de Rotterdam es la lucha de la luz contra la sombra, la de un hombre solo contra la exacerbación, la de alguien que enfrentó a todos los poderes por mantener su libertad, la libertad de ideas para todos, pero esto iba en contra del señoreaje, de las autocracias de la época y por eso lo criticaron, por eso lo persiguieron, por eso su tragedia y su enfrentamiento contra los intransigentes de su tiempo, contra los extremistas que buscaban anularlo, hacerlo callar.
Tiempo atrás solo Cicerón tuvo el coraje de enfrentar
la tiranía, el despotismo que se cernía sobre Roma luego del asesinato de Julio
Cesar hablando de conmiseración, rogando en sus discursos por la sensibilidad
entre los hombres, porque en esos siglos crueles no existía el sentido de la
piedad, faltaba la conciencia para la compasión y sentimientos para la
misericordia, por eso esa bondad de corazón, esa generosidad de alma le costó
la vida a Cicerón, asesinado por un un centurión, un asesino pagado por
aquellos mismos a los que un día defendió.
Pero sigamos con Erasmo, con su modo de vivir que fue buscar el entendimiento
civilizado, sin odios al contrario, sin sangres derramadas.
Nació en la penuria y a fuerzas de estudios alcanzó la cima más alta de la
cultura de su siglo, fue sacerdote, pero su libertad le impidió siempre ponerse
un uniforme, encerrase en las paredes de una iglesia, y se las arregló para
escapar, para no estar amarrado al altar ni a la sotana.
Y si preguntan
por qué se hizo sacerdote si el mismo detestaba el encierro, la respuesta es
sencilla, porque era la única forma de estudiar para un pobre en esos momentos,
para alguien que no tenía otro camino por falta de recursos.
No obstante aceptaba a Dios, lo amaba sin llegar a los extremos, por eso pedía
el respeto para todas las formas de creer, por la reconciliación entre los
seres por encima de la guerra, por la paz y el amor contra la espada, como
antes también lo pidiera San Francisco.
Su mundo fueron los libros, dejaba de comer por comprar un libro, por caminar
entre los párrafos, por aprender siempre un poco más como hizo hasta el último
día de su vida.
Era un hombre cosmopolita, un hombre cuya tierra era el orbe entero y donde
todos cabían, donde todos podían discernir, enfrentarse por medio de la
palabra, con la sola arma del reconocimiento mutuo y de la comprensión.
Luchó contra muchas fuerzas, tantas que lo agobiaban, que le hicieron en muchas
ocasiones ocultarse, la iglesia le reclamaba hablar en contra de Lutero cosa
que nunca hizo, y Lutero desde sus tierras alemanas le exigía criticara a la
iglesia lo cual tampoco hizo.
No era un hombre en medio de la cerca, era un hombre que reclamaba
entendimiento entre los contrarios religiosos, porque al fin todos creían, solo
era cuestión de formas, de hablar, de que se entendieran poniendo a Dios por
encima de las discordias.
Escribir fue su pasión en medio de una época de guerras, de inquisiciones que
atormentaban, que quemaban a los libros y a las personas.
Erasmo sin dudas se adelantó a su siglo, y hoy se le vuelve a mirar como una
figura que en el caos, en la noche de la barbarie clamó por amor dejando un legado, y no importa se le olvide
después, que se ignore su ruta, cumplió con ser él, solo él que era su sueño y
el sagrado motivo de su vida.
Hombre de letras nunca atado a nada
fue Erasmo en su actitud y en sus acciones
por una voluntad determinada
a defender sus puras convicciones.
No se arrimó a un consenso ni a una secta
la soledad buscaba en su mesura
era en su persuasión la idea recta
de un afán por la paz y la cultura.
Visión de todo un siglo, el humanista
que anhelaba en el orbe concordancia
el eje de un fervor, el exorcista
que luchó contra el mal y la ignorancia.
Amó la libertad en sus mil modos
sin distinción de razas ni de credos
para borrar con prisa esos recodos
oscuros de la fobia y de los miedos.
Como Jesús, o Sócrates el verbo
mantuvo como un arma en su manera
bien exacta y alejada del acerbo
que todo lo contagia y lo lacera.
Jamás abrió la puerta a una doctrina
gozaba al respetar los pensamientos
su instinto era la rosa y no la espina
las letras sus mejores argumentos.
Tuvo enemigos por obviar las rutas
ajenas a su empeño tesonero
y así por no entregarse entró en disputas
con la ley, con la iglesia y con Lutero.
Pensaba por sí solo, por el mismo
en un ritual interno y definido
en escape total del despotismo
de un jefe, de algún dogma o de un partido.
Y le costó bien caro porque el mundo
persigue al que no sigue la rutina
al que busca crecer, al que es fecundo
y sabe no mezclarse en la neblina.
Y así ya fatigado en la discordia
humana que esquivaba la conciencia
murió sin divisar misericordia
murió sin ver cumplida la sentencia.
Aquella de la paz, de la armonía
que fue la intensidad de sus fragores
aquella de la eterna poesía
que borra de los hombres los rencores.
Ernesto
Cárdenas.
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